Viajar solo aunque viajes acompañado

Desde que he debutado en los viajes cicloturistas y, concretamente, desde que suelo ver canales cicloturistas para documentarme e inspirarme nuevas ideas, no he dejado de leer un lema que tiene mucho sentido;

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Tiene más sentido del que, a priori, puede parecer contradictorio indicar que se viaje con alguien que quiera o esté dispuesto a viajar solo. Y, es que, viajar en soledad no es tan malo como parece, de hecho, es necesario para conocerse a sí mismo como a las propias limitaciones.

Está claro que depende mucho de la actitud y ambición de cada persona, en afrontar la soledad. No es lo mismo estar solo, que sentirse solo. Se puede estar solo o hacer cosas solo, y a la vez, disfrutar de la compañía del resto de personas (familia, amigos, compañeros o cualquier desconocido legal). Sentirse solo, es la parte triste de la soledad a la que la mayoría de personas hacen referencia cuando se imaginan la soledad y, es que, el ser humano tiende a terribilizar las circunstancias basándose en los prejuicios, en lugar de sacar brillo al optimismo que, por otro lado, es lo que piensa todo el mundo hacia sus adentros pero tiene miedo de expresar por exceso de cautela o falsa modestia.

La mejor cura contra los prejuicios, como en la mayoría de cosas, es la terapia de choque. Vulgarmente conocido como ‘echarle huevos al asunto’ para romper el hielo y perder el miedo, posteriormente sentiremos una satisfacción que nos inunda por dentro, a eso se le llama adrenalina en estado puro o felicidad. La misma sensación cuando estamos enamorados, porque se disparan las hormonas de la dopamina y la oxitocina, causantes del enamoramiento.

Pues bien, es importante actuar en soledad porque ayuda a la práctica de la meditación, consciente o inconsciente, se disparan nuestros pensamientos y con un estado de ánimo lo más relajado posible, aunque estemos realizando alguna práctica de algo, más o menos de, o con, poca tensión, ayudará a fluir la organización de dichos pensamientos para ir encontrando las soluciones, como si un puzzle se tratara. Meditar, en contra de lo que se creía popularmente, no se trata de poner la mente en blanco. Realmente, es algo imposible de poner en blanco, porque nuestro cerebro está procesando constantemente información; lo que vemos, lo que oímos, lo que sentimos, mientras caminamos, corremos, dormimos, etc.

Esa meditación que fluye en soledad, con la práctica de diaria de 5 minutos al  día se va perfeccionando hasta que se convierte en un hábito y, en cualquier momento de nuestra vida cotidiana, se puede aplicar para procesar mejor la información que recibimos, actuando en consecuencia con menos impulsividad.

Incluso, cuando estamos en sociedad , aunque , si bien es cierto, cuanto más individuos haya en un momento determinado, más práctica supondrá tener que controlar la meditación y la relajación, pero no imposible. Por ejemplo;  podemos ubicarnos en una sala de fiestas o evento multitudinario y concentrarnos para percibir el más mínimo sonido como escuchar las pisadas en el suelo, los crujidos de los muebles, pequeños insectos como grillos, etc. Otro ejemplo; podemos encontrarnos en una excursión senderista o aventurera, tipo Camino de Santiago, realizándola en compañía manteniendo la misma concentración que si se realizará en soledad y  sin necesidad de ignorar la compañía, siendo posible con la cantidad de momentos a lo largo de la jornada para gestionar la capacidad de organización y tener tiempo para meditar, reír, “hacer el burro”, socializar, etc.

En resumen, el transcurso de practicar la meditación en soledad o compañía, marca la diferencia de auto-conocerse mejor y, posteriormente, de conocer mejor a los demás para convalidar em tiempo reducido la convivencia y civismo en sociedad. Porqué para amar al prójimo, primero hay que amarse uno mismo.

De esta manera, se pueden evitar muchas situaciones conflictivas, e incluso tóxicas, entre parejas o grupos sociales que, cuando realizan sus tareas individuales no se molestan porque están concentrados en su tarea, ya sea con el aliciente de ocio, obligación o responsabilidad, y en cuanto disponen de un poco de tiempo juntos, normalmente en época estival, vacaciones o festivos, provocan más de una disputa por haber entrenado, o ser consciente, de esa capacidad de concentración para meditar y centrarse en la tarea o actividad grupal que corresponda.

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