Añoro esos tiempos en que todo me daba igual, en que sonreia al mundo sin que el mundo me importara, irradiaba felicidad y transmitía buen rollo a un mundo triste y amargadamente hipócrita. Hasta que el mundo absorbió mi felicidad intoxicándome su amargura, y ahora la sonrisa del niño se ha perdido con el tiempo, y temo que ese nunca vuelva.

Ahora toca cambiar el rumbo de nuevo para que el viento vuelva a soplar las velas con el viento fresco, quizá tenga que desaparecer del mapa y distanciarme de quienes me importan, pero sí quienes me importan de verdad les importo, no se perderá el recuerdo en el olvido. 

Nada es por casualidad y siempre nos ponemos a prueba como muestra de evolución. Solo los auténticos guerreros mantienen su palabra y camino firmes.

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