Muchas veces hemos escuchado eso de; “Somos lo que comemos”, “Nos convertimos en lo que pensamos”, y es que, siguiendo las directrices del budismo, somos el producto de nuestros pensamientos en función de la actitud que mostremos al respecto.

Está claro que el corazón es el órgano principal que hace funcionar el cuerpo, bombeando la sangre al resto de órganos, por lo que sería el motor de arranque para que, el segundo órgano más importante pueda reconducir las acciones hacia lo que está bien o mal, el cerebro es el motor de nuestros pensamientos.

“Usa el corazón,
utilizando la razón”.

Hay muchos matices de actuación, pero principalmente destacan dos; actitud positiva y negativa. Por eso la mayoría de la gente se suele estancar en el clásico debate de “blanco o negro” sin visualizar el resto de la paleta de colores.

El Poder Mental que fluye de nuestros pensamientos es tan poderoso como simple a la vez. Por un lado no deja de ser carne, pero su función motora para analizar la información que recibe de los cinco sentidos es tal, que nos permite escoger nuestro futuro a través de las elecciones de nuestro presente. Puede parecer algo muy simple y estúpido para una mente dormida que se deja llevar por banalidades, pero para una mente lo suficientemente despierta y observadora será capaz de entrenarse con las experiencias que vaya sintiendo hasta perfeccionar el control sobre ellas. Aún y así, nunca se puede llegar a controlarlas completamente porque cada día que pasa, hasta el día del fin de nuestra existencia, vamos experimentando nuevas sensaciones que aprender a medida que controlamos las ya conocidas. Es lo que se define como evolución.

Ese poder mental capaz de influir en nuestras elecciones influye en cada cosa que hacemos, como lo hacemos, porque lo hacemos, en nuestro estado de ánimo que autodetermina de nuevo lo que hacemos, porque, como, etc. A partir de ahí, cuando ejecutamos con éxito una acción que nos satisface, o que parece que se hayan dado las circunstancias positivas a nuestro favor, en realidad no es que se hayan dado las circunstancias a nuestro favor, es que las hemos creado nosotros mismo focalizando el objetivo, consciente o inconscientemente, en nuestra mente. Cuando las circunstancias son positivas lo solemos llamar éxito, pero cuando son negativas lo solemos llamar fracaso.

Aquello que nos motiva para desembocar en éxito o en fracaso, son los prejuicios. Los prejuicios suelen destacar más cuando son negativos más que cuando son positivos, por eso hay que estar atento en la forma de ejecutarlos para evitar malentendidos y bromas que puedan terminar en disputas y debates, casi siempre absurdos porque no son nada productivos.

Los prejuicios dependen mucho de nuestras costumbres, educación, cultura, etc, y terminan reluciendo cuando se mezclan dos o varios individuos con puntos de vista diferentes y/o opuestos.

“No eres tú, soy yo”.

La clave para no malinterpretar los prejuicios está en mantener una actitud positiva y asertiva, buscando soluciones desde el “yo interno”, en lugar de buscar excusas o culpabilizar al “tú externo”.

Evitando, por supuesto, los pensamientos “del qué dirán” y los contraataques defensivos, escuchando atentamente para que nuestro cerebro pueda digerir la información con el oxigeno que reciba de nuestro corazón. (Una buena práctica es contar hasta diez cuando la sangre no llega bien al cerebro).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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