Apaguemos los beneficios.

Durante años el tabaco ha sido popularizado socialmente como un habito parte de nuestra rutina, desde la época de los indígenas pasando por la revolución industrial hasta nuestros tiempos, en que la costumbre machista otorgaba el hecho de fumar como un poder al alcance de pocos, en su mayoría hombres, gente de riqueza considerable. Normalmente el tabaco se dividía en dos clases; el cigarrillo prefabricado que normalmente conocemos solían adquirirlo gente de la nobleza, y el tabaco liado para la gente de clase media-baja, baja. Con el tiempo el poder del cigarrillo fue promocionándose en los medios de comunicación, películas, revistas, reforzando así el “lavado de cerebro” como algo innato, social, que destacaba a quién lo saboreará dotándolo de un aroma especial, relajación, añadiendo sustancias que sin quererlo propiciaban la adicción, algo así como el efecto cafeína de la coca-cola, que cuanto más bebes más sed tienes o cuanto más sed tienes más coca-cola te pide el cuerpo, pero sin llegar a saciar la sed del todo. Y aunque parezca mentira todo son hábitos psicológicos producto de nuestra mente, porque si retirásemos el consumo cambiándolo por otros hábitos más saludables no nos haría daño ni nos mataría, somos nosotros mismos que nos torturamos con el pensamiento de “quiero hacer esto… y no puedo o no debo”. No hay ningún secreto para tener fuerza de voluntad sin sentimiento de culpa, simplemente debemos saber que nos conviene y que queremos hacer realmente en cada momento, sin dejarnos influenciar socialmente por el que dirán o el que harán.

Por eso, desde que salió en 2010 la nueva ley anti-tabaco, tengo una opinión en contra y otra a favor del tabaquismo. La contra es que es una contrariedad otorgar leyes en una sociedad muy influenciada por ese “que dirán, que harán” pendiente de mirarse el ombligo ajeno antes que el propio, que se deja influenciar por la opinión pública, precisamente esa es la carta principal a favor de las instituciones, gobiernos, tabacaleras y productoras para acatar una ley que pretende lucrarse acosta, no solo de los bolsillos de los consumidores, porque cada uno es libre de pagarse los vicios que crea conveniente, pero si, lo más triste que me parece que sea porque se aprovechan de esa incapacidad social de pensar por sí mismos sino es de manera influenciativa, y lo más grave que sea acosta de poner en riesgo la salud. Porque puede ser que el tabaco mate o no mate, puede ser cuestión de suerte o no que el sistema inmunológico se contagie de las células cancerígenas que producen el cáncer y las enfermedades cardiovasculares, esto depende en su mayoría del sistema y las defensas corporales de cada persona, hay personas que son más resistentes que otras a concebir enfermedades, de ahí podría explicarse que haya personas que no lleguen a ser afectados de algún tipo de cáncer por el tabaco, otras que sean contraídas pero no se den cuenta porque su cuerpo sea capaz de eliminar las células cancerígenas, aún y así no hay que confiarse, todos cometemos locuras y nos dejamos influenciar alguna vez en la vida, pero depende de nosotros mismos aprender y madurar para evolucionar en la vida, saber lo que nos conviene y ser consecuentes de nuestros actos.

La opinión a favor de la ley, y no me gusta aceptarlo porque parece que sea la excusa para que tengamos que acatarlo si o si, sin excepción a darnos cuenta por nosotros mismos. Es que para que parte de la sociedad acate y se dé cuenta de los valores morales, hay que reeducar esta sociedad, ya no solo sobre el problema del tabaquismo, sino en general en muchos otros problemas que se han ido dejando y que al pasar varias generaciones ya no son capaces de reeducar por sí mismos a las nuevas. A no ser que se reeduque a base de impuestos económicos, que a su vez amortiza (o se aprovechan) otros servicios del Estado. Dentro de lo malo hay que hacer uso de las “prohibiciones” para reconducir la conducta social, pero como es normal a nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer y es cuando se producen las quejas y revoluciones sociales, si se mostrara la misma voluntad para quejarse sobre un problema que para atajar dicho problema por sí mismos, nos ahorraríamos muchos disgustos personales y sociales, y tampoco haría falta imponer ningún impuesto ni ley.

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