Intercambio Cultural.

Podría definir la búsqueda de la felicidad basándome en el aprendizaje en solitario para conocer nuestras propias limitaciones y aspiraciones, también en grupos reducidos donde se comparta uno o varios intereses en común de nuestros principios adquiridos, y finalmente, en general para transmitir la experiencia mutuamente al resto de grupos y poder obtener la teoría definitiva que nos conlleva a seguir evolucionando.

A pesar de nuestras diferencias culturales, evolucionadas con el paso de los años, seguimos sin ser tan diferentes. Pero en algún momento con el paso de los años, surge algún tipo de transición involuntaria en la evolución de la especie humana que, cambia la manera de focalizar la objetividad natural de las cosas a focalizarlas más subjetivamente en lo cultural.

La mayor riqueza y satisfacción, personal y profesionalmente, es una mente abierta que permita el intercambio cultural de todos los tipos de sociedad que existen en el planeta, ampliando horizontes que nos permitan salir de la zona de confort. Lo contrario a ello conlleva encerrarse en su propio mundo, creyendo que ese mundo es todo el mundo, y por lo tanto, alimenta la soberbia y el egoísmo personal o colectivo de un mismo grupo de seres que comparten las mismas ideas subjetivas.

 

Y tecnológicamente, las nuevas tecnologías amplían aún más el abanico de posibilidades para relacionarse con cualquier personaje de cualquier rincón del planeta, facilitando la interactuación a través de las diversas herramientas y redes sociales. Hace unos días ví una publicación en Internet que me dejó atónito, sin saber por donde cogerla.

No sé si pensar si es una broma de mal gusto o una estrategia de marketing de guerrilla para fomentar el capitalismo a través del populismo. De todas maneras, me parece una provocación incitar al pueblo con estos argumentos extraídos de El Mundo Today.

Aunque a estas alturas me espero cualquiera cosa, porque según avanza el siglo XXI (en mi opinión) se tiene una idea confusa de lo que es la libertad de expresión. Por un lado está la libertad de expresar y tolerar las opiniones aunque no se compartan, con el fin de reafirmar o ratificar una teoría. Y luego, está el libre albedrío de opinar lo primero que pase por la mente, afirmando además como si fuera la única opinión valida. Así sería un análisis rápido resumido de una parte de la sociedad actual del siglo XXI.

 “Insultar en Internet ayuda a reforzar la autoestima”. Según el último informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) presentado en Bruselas. La entidad recomienda discriminar públicamente a la gente dos o tres veces al día empleando las redes sociales, para mejorar la percepción de la autoestima propia del que realiza las difamaciones favoreciendo su salud mental a costa de la victima humillada psicológicamente.

El informe certifica además que la percepción de uno mismo mejora sustancialmente si los insultos se dirigen a personas de reconocido prestigio o que han alcanzado una fama y un estatus económico envidiables. “Atacar a los que son percibidos como triunfadores, talentosos o dignos de admiración pública sirve para descargar la frustración de quien se siente acomplejado y constituye una suerte de acción catártica muy beneficiosa”, sentencia la OMS.

A quienes no se atrevan a interpelar directamente a la persona a la que desean insultar, la OMS aconseja empezar con pequeñas pullas o juicios amparados en la idea de que cualquiera puede tener una opinión.

Son personalidades públicas. Y si tu trabajo tiene proyección, tu obligación es aceptar que te insulten o que digan que tu trabajo es una mierda. Es el precio que esas personas con éxito tienen que pagar y además están ayudando a mucha gente a no sentirse obligada a alcanzar ese nivel de excelencia. Las personas inseguras tienen el derecho a negar la excelencia de otros para vivir en paz”, argumenta la organización, que pide “tolerancia cero con los que son mejores que uno mismo”.

En resumen, por esa regla de tres, si obtienes el éxito popular que todo el mundo persigue para triunfar en la vida, te arriesgas a ser el objetivo de la frustración de quién no lo alcance. Realmente, el éxito se alcanza trabajando duro y sin rechistar. La cual cosa normalmente no suele ser del agrado de quienes lo critica, porque no son capaces de mantener la concentración o el esfuerzo del trabajo duro. Por eso también hay que tener una autoestima fuerte, para que no dejar que afecte los comentarios tóxicos de la gente frustrada.

Por otro lado, achacar la responsabilidad a la ley es como tirar balones fuera, porque la ley está hecha para que todos sigamos un marco legal que se adapte (en la medida de lo posible) a la riqueza de la diversidad cultural.  Y aunque soy el primero que está a favor de que la reconstituyan, aún y así, seguirá provocando polémicas contrarias de quién no estuviera a favor. La cuestión, es encontrar un representante con iniciativa para crear un marco legal lo más neutro posible, porque es imposible estar todo el mundo de acuerdo con la misma opinión.

Hemos de empezar a apreciar esa riqueza cultural que nos caracteriza por la diversidad de opiniones, porque la técnica definitiva se substrae de la diversidad de opiniones tengan razón o no. La cuestión se trata en analizar pacientemente cada una de las opiniones, para reafirmarnos o corregirnos, y así moldear tolerantemente la teoría definitiva entre todos.

Por eso, aceptar y ceder una simple opinión sin re-debatirla es señal de borreguismo o hipocresía, porque estamos asumiendo el rol de sumisión para “dejarnos pisar por otros” que insulten más, y así, ojo por ojo el mundo acabará ciego.

En mi opinión, todo viene encauzado por la misma influencia que ejercen, sobre la sociedad consumista,  los principios materialistas desmesurados del marketing. 

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